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Una de las banderas que
con más ahínco enarbolan los pueblos minoritarios que viven
en condiciones de subordinación a las grandes comunidades es precisamente
lograr el reconocimiento del derecho a la diferencia. Por eso, sería
una grave irresponsabilidad por nuestra parte ignorar que sólo
en la medida en que reafirmemos nuestra conciencia de pueblo con una historia
definida, con unas costumbres peculiares y con una cultura única,
estaremos en el mejor camino para defender nuestros derechos y exigir
el respeto que merecemos.
La verdadera motivación que empuja a la mayoría de los gitanos
comprometidos con el futuro de nuestra comunidad es el deseo de reafirmar
nuestra identidad colectiva como pueblo portador de una cultura y una
historia comunes. La lucha de la comunidad gitana por lograr el pleno
disfrute de sus derechos ciudadanos tiene múltiples facetas que
van desde la exigencia de que se nos respete y acepte tal como somos,
es decir, como sujetos portadores de una cultura distinta, hasta las reivindicaciones
más urgentes que hacen referencia a la conquista de los medios
indispensables para vivir con dignidad. Para nosotros, hoy, la dicotomía
sigue siendo la misma a la que se enfrentaron nuestros antepasados cuando
llegaron a Europa: subsistir y no renunciar a ser lo que somos.
Las asociaciones gitanas se encargan, fundamentalmente, de gestionar programas
que persiguen antes que nada asegurar la subsistencia de nuestra comunidad.
Estas organizaciones, en contacto diario con la realidad y con la gente
a quienes representan, saben muy bien que por encima de cualquier filosofía
antropológica o cultural está “primero vivir”.
Así lo demuestra el hecho de que el 99 por ciento de las subvenciones
que se logran de las diferentes administraciones públicas estén
dedicadas a paliar problemas de vivienda, de trabajo, de educación
o de discriminación en sus más variadas facetas.
La Unión Romaní, consciente de esa realidad y sin posponer
ni un ápice su permanente denuncia de las injusticias, colaborando
con las asociaciones en el mejor aprovechamiento de sus gestiones, no
olvida, sin embargo, que lo más importante para nosotros es ser
fieles a nuestra tradición, a nuestros antepasados, a nuestra familia
y a nuestra historia. Por eso reclama permanentemente, junto a una forma
de vida más justa y solidaria, el derecho a seguir siendo gitanos
con la dignidad de serlo, no como concesión de la sociedad mayoritaria,
sinó como el reconocimiento que exige el respeto a los derechos
humanos y a la diversidad cultural que impregna a toda la sociedad.
Gitanos y gitanas del siglo XXI
Se impone, en estos momentos, la realización de un gran debate.
Un debate en el que el protagonismo lo deben ostentar única y exclusivamente
los gitanos. Confiamos en que así sea y nos reserven esta parcela
quienes se resisten todavía a dejar de ser el niño en el
bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Al fin y al cabo,
el destino del pueblo gitano será el que quieran sus componentes
y no el que nos pretendan imponer desde fuera los manipuladores de siempre.
Ya existen entre nosotros gitanos y gitanas con la formación adecuada
para opinar con conocimiento científico sobre nuestra realidad.
Los propios conceptos emic y etic de la cultura, que hasta ahora estaban
reservados a los investigadores gadyè de la antropología
cultural son términos que algunos gitanos y gitanas utilizan con
facilidad en sus escritos. Y tienen que ser estos gitanos y gitanas los
que den la respuesta autorizada a los interrogantes de cómo describir
adecuadamente una cultura en su totalidad haciendo la debida distinción
entre los elementos mentales y conductuales de sus componentes.
Cuál será nuestro comportamiento cultural en el futuro es
algo que no se puede predecir por el hecho de que conozcamos un simple
conjunto de normas vigentes ahora. Nosotros, los gitanos que tenemos la
mente puesta en la vida que espera a nuestros hijos en el siglo XXI, somos
partidarios de quienes sostienen que la cultura está codificada
en el cerebro y no en los genes. Los pueblos evolucionan y las culturas
con ellos en la medida en que los conocimientos, la educación y
la información son capaces de alterar la codificación cultural
del cerebro. Por eso queremos más información para nuestros
jóvenes, más y mejores conocimientos para nuestros niños
y mayor capacidad de interrelación de nuestros adultos con la sociedad
mayoritaria. Queremos que, en pie de igualdad, puedan unos y otros defender
sus propias concepciones de la vida.
La Unión Romaní –y con ella muchos miles de gitanos
españoles– reconoce que no está en posesión
absoluta de la verdad gitana y que, además, tiene la duda permanente
de saber si lo que hace es lo que más puede favorecer a las generaciones
futuras. Y desde el reconocimiento de sus propias limitaciones trabaja
sabiendo que su esfuerzo puede y debe ser provechoso para despertar las
inquietudes de la juventud gitana. Al fin y al cabo, el futuro será de ellos.
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