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Los gitanos hemos dicho
hasta la saciedad que sin la colaboración de los medios de comunicación
social el camino de nuestra promoción sería sumamente difícil.
Nuestra lucha no lo es sólo por erradicar el analfabetismo, el
paro, la marginación o por la defensa de nuestras señas
de identidad cultural. En la primera línea de nuestras preocupaciones
figura la necesidad de cambiar la imagen que buena parte de la sociedad
tiene de nosotros. Y ese cambio sólo será posible si se
dan dos comportamientos convergentes ante la opinión pública:
uno, que los gitanos pongamos de manifiesto la voluntad inequívoca
de superar siglos de separación haciendo los esfuerzos necesarios
para conseguir la incorporación plena, –especialmente la
de los jóvenes–, al desarrollo y a las actividades modernas
de la sociedad; otro, que los medios de comunicación social, prensa,
radio y televisión, colaboren activamente con nosotros no difundiendo
informaciones que, en un contexto peyorativo, tachan por igual a toda
una comunidad, al imputar al conjunto de sus miembros lo que en la inmensa
mayoría de las ocasiones es tan sólo responsabilidad de
unos pocos.
Cuando culpamos
genéricamente a un sector de la prensa española de tratar
injustamente a la comunidad gitana, lo hacemos desde el convencimiento
de que, si esa actitud no cambia, no será posible la incorporación
plena de nuestro pueblo al quehacer colectivo de la sociedad. El profesor
Manuel Jiménez de Parga, Presidente del Tribunal Constitucional
de España, sostiene que el pueblo puede sentirse engañado
o instrumentalizado cuando se atenta contra la libre información
por medio de la intoxicación, la manipulación o la desinformación,
con lo que se consigue que la gente piense lo que algunos quieren que
piense, siendo una minoría la que se forma un criterio propio sobre
las personas y las cosas de sus circunstancias. Mientras, algunos periódicos
se presentan más como instrumento de ambiciones personales que
como medios de difusión del pensamiento y de la información.
Este fenómeno, perfectamente detectable por cualquiera, escribió
José María Desantes, está expresa y formalmente denunciado
en el Informe sobre los problemas planteados por las sociedades de redactores
en Francia, de la Comisión Lindon.
Durante mucho tiempo
los gitanos hemos sido víctimas de la maledicencia popular cuando
se nos ha identificado con todos los vicios y comportamientos incívicos
propios de los marginados o los delincuentes. Decir que se es vago, mentiroso
o ladrón como un gitano son expresiones que mucha gente utiliza
y que han servido incluso de recurso injusto para la creación literaria
de muchos de nuestros más ilustres escritores. Cuando no, en el
mejor de los casos se nos ha dibujado como los mejores cantaores , bailaores
o toreros de la historia. Tan injusta es la primera identificación
–son muchos más, cuantitativa y porcentualmente, los “payos”
o gadyè que delinquen– como absurda la segunda –la
inmensa y abrumadora mayoría de los gitanos no somos bailaores,
cantaores, guitarristas ni mucho menos, toreros.
Los medios de comunicación
social juegan un papel decisivo en la propagación de estos estereotipos.
Analistas tan prestigiosos como Robert E. Lane o Christian Doelker se
han manifestado sumamente críticos con las consecuencias que para
la formación de la opinión pública tiene el uso y
abuso de los medios de comunicación. Doelker afirma que “está
claro que no sólo los medios de comunicación participan
en la producción de los estereotipos, sino que también contribuyen
fácilmente a su reforzamiento”. Y no cabe hacer distinciones
entre lo que pudiera ser la pura información de cómo se
han desarrollado unos hechos, es decir donde termina lo documental, según
expresión del mismo autor, y dónde comienza la ficción.
El cine, la radio, la televisión y especialmente la prensa han
contribuido de forma extraordinaria a la difusión de una mala imagen
de lo gitano, tan injusta como falsa, en la medida en que la generalización
nos ha colocado casi siempre en la página de sucesos de los periódicos
o en el bloque de noticias de la crónica negra de los informativos
audiovisuales.
La Unión
Romaní, consciente de esa realidad informativa, mantiene una campaña
permanente titulada “Periodistas contra el racismo”. Con esta
campaña pretendemos no bajar la guardia. Sabemos que es mucho lo
que nos jugamos. Por esa razón hacemos periódicamente llamadas
a los periodistas para que se unan a nosotros reclamando de la profesión
periodística el cumplimiemnto de los códigos deontológicos
que por lo general han suscrito sus colegios profesionales.
Pero siempre quedan
carroñeros que son los que más daño nos hacen. Racistas
de tomo y lomo que no dudan en escribir o decir “persona de aspecto
agitanado” cuando redactan su crónica de sucesos. O lo que
algunos ahora dicen, en una pirueta tan absurda como innecesaria: “persona
de etnia gitana”, como si diciéndolo así fuera menos
grave que decir simplementre “gitano” o “gitana”.
Por desgracia,
a la lista de marginaciones sufridas por nuestro pueblo a lo largo de
la historia todavía hay quien se empeña en que tengamos
que añadir otra: víctimas de la mala prensa.
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