La ópera de Giuseppe Verdi, magnífica en lo estético y casi sublime en lo musical, se inscribe en la
lista de los despropósitos que sobre nosotros, los gitanos, se han dicho durante tanto tiempo. A
la mayoría de los autores teatrales y novelistas que en el mundo han sido, desde Cervantes en la
literatura hasta Rovira Veleta en el cine han mantenido con los gitanos una relación tormentosa
en la que unos y otros nos hemos mirado siempre con el recelo de no saber en qué momento
se romperá la baraja y pasaremos al ataque mutuo. Escritores, músicos, poetas y gitanos hemos
sido, y somos, un binomio de seducción recíproca en el que los gitanos hemos esperado de los
autores que comprendan nuestra manera de ser, mientras que los creadores de fantasías han
intentado sonsacar de nosotros todos los misterios ocultos que, en realidad, no han existido más
que en la imaginación de sus mentes.
Reconozco que los gitanos somos una comunidad con atractivo escénico. En casi todos los
países constituimos una minoría “visible”, término que en algunos casos ha sido aceptado como
una expresión de derecho, pero que no es en ese aspecto en el que interesamos a la opinión
pública, sino más bien en el sentido lorquiano o unamuniano. El primero porque nadie como
García Lorca supo elevar la categoría de lo gitano “a lo más elevado, lo más profundo, lo más
aristocrático de mi país”, y el segundo porque la tragedia, de la que don Miguel de Unamuno
escribió con tanto acierto, siempre ha estado presente en nuestro pueblo. Así lo vemos en las
largas noches de huida y desesperación suprema, mientras los perros de la justicia del Renacimiento
nos perseguían para cortarnos las orejas o llevarnos a remar a las galeras reales. O en
la muerte de Carmen, después de que Merimeé determinara que José, su marido despechado,
debía matarla para troncharle las alas de la libertad. O en nuestros Romeo y Julieta gitanos que,
como nadie, supo retratar Rovira Veleta en su película “Los Tarantos”, mientras Carmen Amaya
daba alaridos de muerte ante el trágico final de la joven pareja. Esta es la imagen que prima, salvo
honrosas excepciones, entre los autores mejor intencionados de nuestro país.
Porque de los “genios” malintencionados, que también los hay, vale más no hablar. Son aquellos
que se regodean diciendo que “las cárceles están llenas de gitanos”, “que los gitanos somos
los principales traficantes de droga”, que “los gitanos robamos niños” o que “nos comemos a la
gente cruda”. Menos mal que Juvenal muchos siglos antes, dijo que “los galos de Gascuña y los
españoles de Sagunto se alimentaban algunas veces con la carne de sus compatriotas”.
Desde la Unión Romaní, organización altamente representativa de los gitanos españoles,
venimos diciendo que de muy poco servirá hacer escuelas para la alfabetización de los adultos, o hacer cursos de desarrollo comunitario, o programas de promoción de la mujer gitana, si
previamente no hemos ganado la batalla en los medios de comunicación. Es fundamental que
los informadores españoles entiendan que decir “gitanos” en contextos peyorativos no añade
nada sustancial a la noticia y, por el contrario, nos causa un daño enorme.
Es curioso que la trama de Il Trovatore se desarrolle en Vizcaya y Aragón a principios del
siglo XV ¡cuando los gitanos aún no habíamos llegado a la península! El documento más antiguo
demostrativo de la llegada de los primeros gitanos a España está en el Archivo de la Corona de
Aragón, firmado por el rey Alfonso V El Magnánimo y tiene fecha del 25 de enero de 1425. Pero
da igual. La ópera se estrenó en Roma en 1853 y no hacía más que expresar lo que desde siglos
atrás se venía diciendo de nosotros.
No es necesario hacer hincapié en la tremenda fuerza que los medios de comunicación han
tenido siempre en la sociedad. Los comunicadores –periodistas, escritores, músicos, poetas– no
son, o permítanme que me incluya, no somos “el cuarto poder”. Los creadores de opinión somos
el primer poder. Siempre recordaré la seguridad con que un director de periódicos de la época
de la transición, me decía: “A Adolfo Suárez no lo han vencido los socialistas. A Adolfo Suárez
lo hemos derrotado nosotros desde las páginas del periódico”.
Ya sé que es el pueblo, ente intangible, quien quita y pone gobiernos. El pueblo de quien el
propio Marx dijo que es una entelequia compuesta por clases sociales con intereses y aspiraciones
divergentes. El pueblo que se emociona viendo y tocando a sus líderes pero que no les
vota hasta que en audiencias millonarias les contempla zurrándose de lo lindo en los debates
electorales. ¿Quién pone y quita gobiernos? ¡Los medios de comunicación! La televisión que
más que nunca es el aula sin muros de la que hablaba McLuhan. ¿Por qué los gitanos matamos,
engañamos, robamos y secuestramos niños y si el hambre aprieta nos los comemos? Porque así
lo han venido diciendo los escritores desde tiempos inmemoriales y así lo ha recogido Antonio
García Gutiérrez, autor de la obra teatral a la que Verdi puso música, y que para más INRI resulta
que fue paisano mío, de Chiclana de la Frontera (Cádiz), una de las ciudades andaluzas donde
siempre vivieron miles de gitanos.
Hay una secuencia de esta ópera que a mí me gusta especialmente y a la que me agarro como
a un clavo ardiendo para salvarla de otras descalificaciones. Es aquella en la que Leonora confiesa
a su confidente, Inés, su amor por Manrico. El Conde de Luna, que ha escuchado la voz del gitanillo,
entra en escena con la mala suerte de que Leonora confunde al Conde con su amado gitano
y le abraza apasionadamente. Pero el Conde siendo consciente del error de la princesa reta a
Manrico a pelear. Lo hacen con furia, con pasión, con deseos infinitos de eliminar al adversario. Leonora intenta separarlos. Ella no quiere la muerte de nadie. Al final Manrico vence. Derrota al
Conde y cuando lo tiene a su merced, le perdona la vida y decide no darle muerte.
Bueno, que nadie se extrañe. Los gitanos somos así. Il trovatore es una ópera magnífica en la
que los gitanos somos víctimas del sambenito de ser seres diabólicos que tiran niños al fuego.
Pero la realidad es muy diferente. Tan diferente que a muchos les cuesta trabajo aceptar que
“payos” y gitanos somos iguales y que sólo por el comportamiento individual de cada uno de
nosotros debemos ser juzgados. ¿Es tan difícil de entender?
Este artículo se publicó en el libro Amigos del Liceu, Temporada de Ópera 2009-2010.
Juan de Dios Ramírez-Heredia