18.02.2015 - OPINIÓN

Viejos/Nuevos estereotipos en el racismo anti-gitano europeo

Por Ismael CortÚs


Berlín, noviembre de 1938. Dos transeúntes miran un escaparate de una tienda judía totalmente destrozado tras la Noche de los Cristales Rotos

Hace poco se cumplieron 76 años de la Noche de los Cristales Rotos o Pogromos de Noviembre (en alemán, Kristallnacht o Novemberpogrome), cuando en distintas ciudades de Alemania y Austria, la noche del 9 al 10 de noviembre se sucedieron una serie de pogromos dirigidos contra población civil judía, así como contra locales de comercio y sinagogas, sin que las autoridades alemanas hiciesen nada para evitarlo. Esos ataques fueron la antesala de una política racial criminal que condujo al Holocausto, donde junto a seis millones de judíos también murieron 500.000 gitanos, en aquel entonces, esta cifra representaba el 25% de la población gitana en Europa.

¿En qué sentido interpela la fecha de los Pogromos de Noviembre a la Europa actual? A continuación procuraré responder a esta pregunta.

Desde que Rumanía y Bulgaria entraron en la Unión Europea, el 1 de enero de 2007, se ha venido generando una alarma política sobre “la amenaza gitana”, especialmente en los países que representan a las principales economías de Europa, respecto a las migraciones de grupos de gitanos de nacionalidad búlgara y rumana. Los casos más visibles mediáticamente han sido los dispositivos de anti-inmigración gitana desplegados por Francia e Italia, los cuales incluyen sistemas de vigilancia policial especiales para inmigrantes gitanos, y en última instancia, protocolos especiales para ejecutar desplazamientos forzosos y deportaciones en masa.

A partir de que Francia e Italia adoptaran las primeras medidas de anti-inmigración gitana, entre 2007 y 2010, la situación social de los gitanos en Europa ha ido adquiriendo una progresiva visibilidad mediática, hasta alcanzar la atención de Amnistía Internacional que en un informe de 2012 titulado, Aquí y ahora: derechos humanos, derechos de los romaníes. Llamada de atención a la Unión Europea, denunció la vulneración sistemática de Derechos Humanos que sufre la población gitana en la mayoría de los países de Europa; en términos de precariedad de vivienda y persecución policial.

Por mi parte, como investigador en estudios de desarrollo social, centrado en análisis de conflictos étnicos contemporáneos, durante los últimos cuatro años he realizado un seguimiento de la cobertura mediática de los pogromos organizados contra poblaciones gitanas en diferentes países de Europa. En esta investigación he encontrado que desde 2010 se han producido más de 15 pogromos contra barrios gitanos, en países de la Unión Europea tales como: Francia, España, Reino Unido, Irlanda, Italia, Grecia, Bulgaria, Eslovaquia, Hungría o República Checa.

Paralelamente, he podido comprobar que la reacción política ante estos hechos no ha estado definida por una condena del racismo como causa de estos ataques, a pesar de que en su mayoría han sido organizados por grupos neo-fascistas, sino que la tónica dominante del discurso político acentúa la necesidad del esfuerzo de integración social que debe hacer la población gitana. En algunos casos, el discurso político ha sido incluso más radical en la estigmatización de esta minoría étnica, remarcando como urgencia social la necesidad de que la población gitana abandone formas de vida asociadas a la economía informal y la delincuencia, y se integre en el mercado laboral. El mensaje es por consiguiente: la población gitana no sufre las consecuencias del racismo social e institucional, sino que ella misma con sus hábitos culturales constituye un problema social.

Como ejemplo de racismo institucional hacia la etnia gitana, quiero traer a colación uno de los casos más representativos, sin duda. Tuvo lugar en octubre de 2013, en Dublín, Irlanda; cuando el Estado quitó la custodia a una familia gitana sobre su propia hija de siete años, al sospechar que era una niña robada, debido a que sus ojos claros, cabello rubio y su piel blanca contrastaban con la apariencia de los padres. Tras pasar cuatro días en un orfanato, la niña fue devuelta a los padres, después que las pruebas de ADN demostraban que efectivamente éstos eran sus progenitores.

Esta trágica situación de racismo social e institucional al que hace frente la etnia gitana en Europa no se asemeja en nada a la atractiva imagen del fantástico universo gitano, asociado a la belleza y la libertad, representado en la literatura tradicional por la figura de Esmeralda, en la famosa novela de Víctor Hugo, Notre- Dame de Paris, y en otras varias adaptaciones de este arquetipo al cine y al teatro. Frente a la imagen del gitano delincuente o tramposo que proyecta el discurso institucional, “trapacero” tal y como lo define el diccionario de la RAE en su última edición; la imagen del mundo gitano que proyecta la industria cultural asociado a la danza, la música y al circo ambulante, no ayuda en nada a conocer la realidad cotidiana de los gitanos y gitanas que conviven con nosotros diariamente.

Mi objetivo, como investigador para el desarrollo social, es captar una imagen de la etnia gitana que refleje la cotidianidad de los gitanos y gitanas que viven entre nosotros; una imagen que deconstruya una percepción social que durante siglos se ha movido pendularmente entre la fascinación y el miedo. En otras palabras, mi objetivo es presentar a la etnia gitana no como una población vinculada al robo y la delincuencia, ni tampoco como una población asociada a la magia, la música y la farándula; sino como personas como tú y como yo: ciudadanos y ciudadanas europeos de pleno derecho, compañeros y compañeras en nuestro lugar de trabajo, en el colegio de nuestros hijos o en la sala de un hospital.

 

(El autor es Investigador en formación del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz Cátedra UNESCO – Universitat Jaume I, Castellón; Investigador visitante en la Universidad Central Europea de Budapest)

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